
Te voy a decir la verdad, porque aquí nadie sabe mi nombre. Esa noche lo deseé más de lo que he deseado nada en mi vida, y parte de lo que deseaba era la posibilidad de que alguien nos viera.
Era la última semana de lluvias en Ayampe. Nuestra villa estaba en la loma sobre la desembocadura del río: paredes de caña, un deck de teca, una ducha al aire libre rodeada de heliconias y un balcón que daba, a través de una franja de selva no más ancha que una piscina, al balcón de la villa vecina. Allí se hospedaba una pareja de Quito. Nos habíamos saludado en la playa y compartido una botella de vino en el bar de la arena. Lo descubrí mirándome la boca. La descubrí a ella descubriéndolo, y sonriendo.
Las nueve
La luz se fue a las nueve, como siempre pasa allí. Toda la loma quedó a oscuras de golpe, salvo por las velas. La nuestra en la baranda, la de ellos entre las hojas: dos pequeñas luces doradas mirándose en la negrura húmeda. El aire era tan espeso que el vestido se me pegaba por todas partes, y yo no quería que dejara de hacerlo.

—Nos pueden ver —dijo mi esposo, detrás de mí, en voz baja.
—Lo sé. —No me di vuelta—. ¿No es eso lo interesante?
Lo sentí quedarse muy quieto. Cuatro años juntos y nunca había dicho algo así en voz alta. Lo había pensado en viajes largos por carretera, en cuartos de hotel, en la ducha con el agua demasiado caliente. Decirlo fue como dar un paso fuera del deck hacia la oscuridad.
Las reglas
—Dime qué quieres —dijo él.
Y se lo dije. Le dije que lo quería lento. Que quería que me hiciera esperar hasta que fuera yo la que suplicara. Que quería que la vela siguiera encendida. Le dije que quería que la gente al otro lado de las hojas se preguntara, y nunca llegara a saber del todo. Mi voz no sonaba como la mía. Sonaba como la mujer que siempre sospeché a medias que era.
Él se rió por lo bajo, y ese sonido me atravesó entera. —Entonces agárrate de la baranda —susurró—, y no la sueltes hasta que yo te diga.
Me agarré. La madera estaba mojada y tibia. Al otro lado de la selva, su vela parpadeó como si alguien se hubiera puesto delante, y luego volvió a quedarse quieta. Mirando. O no. No saberlo era lo más delicioso que había sentido jamás.
Despacio
Se tomó su tiempo. Su aliento en mi nuca. El borde de su pulgar en mi hombro, bajando un tirante un centímetro, esperando, otro centímetro. Me dijo, con una voz que nunca le había oído en casa, todo lo que había notado de mí ese día: la sal secándose en mi piel en la playa, cómo me lamí el limón de los dedos en el bar, cómo le sostuve la mirada al vecino un segundo más de lo debido.
—Te gustó —dijo. No era una pregunta.
—Sí.
—Dilo otra vez.
—Sí.
El cierre de mi vestido bajó tan despacio que sentí cada diente soltarse, y la noche tibia me tocó la piel donde antes estaba el lino. No me cubrí. Me quedé agarrada a la baranda, como él me había dicho, y dejé que la oscuridad, la luz de la vela y quien sea que estuviera mirando se quedaran con mi silueta. El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que toda la loma podía oírlo.
La tormenta
Entonces volvió la lluvia, de golpe, un rugido sobre el techo de paja, cortinas tibias de agua entrando de lado bajo el alero. Quedamos empapados en segundos. Por fin solté la baranda, me di vuelta y lo jalé hacia mí, y el poco control que nos quedaba a los dos se lo llevó la tormenta.

Después de eso solo lo recuerdo como se recuerda la música: ritmo, calor, la lluvia tamborileando, su nombre en mi boca, la vela al otro lado de las hojas apagándose por fin. Si la apagaron ellos o el viento, nunca lo sabré. Me gusta más así.
En la mañana volvió la luz y el ventilador empezó a girar. Mi vestido estaba en un charco sobre el deck. En el desayuno en la playa, la pareja de Quito nos mandó dos cafés y no dijo una palabra. Ella me sonrió por encima de su taza. Yo le devolví la sonrisa.
Desde entonces no hemos vuelto a ser educados.
Nombres y detalles cambiados. Las historias de lectores pueden ser editadas y dramatizadas.

