Mood Chillin
La revista de estilo de vida para vivir lento y en lo alto

Detrás de la máscara en Guápulo

El Centro Histórico de Quito de noche: la torre del reloj de Santo Domingo iluminada bajo una ladera de luces
FOTO: «Quito At Night - 49367776952», DE SZEKE / WIKIMEDIA COMMONS (CC BY-SA 2.0), EDITADA

+18 · Solo para adultos.

Casi no voy. Tres meses después de terminar con mi ex, lo más social que había hecho era pelearme con el dueño del departamento por el agua caliente. Pero mi amiga Caro llevaba semanas diciéndome que la fiesta de Halloween de su primo en Guápulo era “la buena”, y la tarde del 31 apareció en mi puerta con un antifaz de encaje negro y cara de no pensar irse sin mí.

—Una sola regla —me dijo mientras me amarraba la cinta detrás de la cabeza—. Las máscaras no se quitan hasta la medianoche. Nada de nombres, ni trabajos, ni ex. Nadie es nadie.

Me pareció perfecto.

La casa de la ladera

Guápulo de noche es como caerse dentro de una postal. Las calles bajan tan empinadas que el taxista se persignó, y al fondo de todo la iglesia antigua brilla blanquita contra la oscuridad, con las luces del valle regadas detrás.

La casa era vieja, chueca y estaba repleta: pisos de madera, guirnaldas de luces, una cumbia que se mezclaba con reguetón y unas cuarenta personas con antifaz haciéndose las que no se conocían. Al minuto ya tenía un canelazo en la mano, y a los dos ya había perdido a Caro.

Él me encontró en la terraza.

El desconocido

Había salido a tomar aire. Él ya estaba ahí, apoyado en la baranda, con un terno oscuro sencillo y la máscara más simple de toda la fiesta, un antifaz negro y nada más. Levantó dos vasos, como si estuviera esperando a alguien.

—¿Uno de esos es para mí? —le pregunté.

—Ahora sí.

Conversamos como solo se puede conversar con alguien que no sabe quién eres. De la iglesia de abajo y de si estaría embrujada. Del peor disfraz que cada uno había usado en su vida. De que Quito se ve más bonito desde arriba y de noche, cuando no se ve el tráfico. Me escuchaba como si fuera su trabajo. Cuando yo decía una tontería, se reía, con una risa baja y tibia que sentí debajo de las costillas.

En algún momento dije que daría cualquier cosa por un café en vez de otro canelazo.

Una taza de vidrio con un resto de café negro en el alféizar blanco, con luz suave
FOTO: «Warm coffee cup resting on window sill during a quiet morning with soft natural light», DE SHIXART1985 / WIKIMEDIA COMMONS (CC BY 2.0), EDITADA (licencia)

—Negro —dijo él—. Sin azúcar. Tan cargado que nadie más se lo tomaría.

Me quedé mirándolo.

—¿Cómo sabes eso?

Sonrió debajo de la máscara.

—Le atiné.

El baile

Adentro alguien puso una canción lenta, de esas que vacían la pista o la llenan. Me tendió la mano sin decir nada. Se la di.

Bailaba de verdad: una mano en la parte baja de mi espalda, firme pero sin apretar, tan cerca que le olía a lluvia y a algo como cedro. A mitad de la canción me di cuenta de que había dejado de pensar en todo: en mi ex, en el agua caliente, en mi vidita tan ordenada. Solo existían el calor de su mano, la música y el hecho de que ni una sola vez intentó ver debajo de mi máscara.

—¿Te puedo decir algo? —me dijo al oído.

—Nada de nombres. Esas son las reglas.

—No mi nombre. Algo verdadero. —Se separó apenas lo necesario para mirarme—. Hace tiempo que quería bailar contigo.

El corazón me latía tan rápido que estaba segura de que lo sentía.

—No me conoces.

—Un poquito sí.

La medianoche

A las doce, toda la casa hizo la cuenta regresiva como si fuera Año Nuevo. Las máscaras volaron, la gente gritaba, se reía, se besaba, y a alguien se le cayó una bandeja de vasos. Nosotros nos quedamos en la terraza, solos, con la iglesia brillando abajo.

—Te toca —le dije.

—Tú primero —me dijo bajito—. Solo si quieres.

Quería. Llevó las manos detrás de mi cabeza y, cuando me preguntó “¿Sí?”, asentí. Desató la cinta despacito, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Después se quitó la suya.

Lo conocía. No bien, no de verdad. Era el del tercer piso de mi edificio. El que todas las mañanas detenía la puerta del ascensor y decía “buenos días” y nada más. El que, me di cuenta en ese momento, me había visto todos los días durante un año en la cafetería de la esquina, pidiendo el mismo café negro, sin azúcar, tan cargado que nadie más se lo tomaría.

—Tú —le dije.

—Yo —dijo él, con cara de susto—. Te juro que no sabía que ibas a estar aquí. Cuando te vi en la terraza casi me voy. Y entonces me preguntaste por el vaso.

Debería haberme muerto de la vergüenza. En cambio, me reí tanto que tuve que agarrarme de la baranda, y después le tomé la cara con las dos manos y lo besé como solo se besa a alguien después de un año de “buenos días” en el ascensor.

Después

Caminamos parte del regreso, por calles tan empinadas que había que parar a recuperar el aire, lo cual era una excelente excusa para parar y besarnos otra vez. En la puerta del edificio me preguntó:

—¿Tu piso o el mío?

—¿Importa? Es el mismo ascensor.

Lo que pasó después se queda entre él, yo y el tercer piso. Solo diré esto: me preguntó antes de cada cosa, le dije que sí a todo, y en algún momento dejé de escuchar la ciudad por completo.

En la mañana él hizo el café. Negro, sin azúcar, tan cargado que nadie más se lo tomaría. Nos lo tomamos en mi ventana, con los dos antifaces tirados en el marco entre nosotros y las nubes bajando del Pichincha como si no tuvieran nada mejor que hacer.

Todavía nos decimos “buenos días” en el ascensor. Solo que ahora nos demoramos mucho más.


Los nombres y los detalles que podrían identificar a las personas fueron cambiados. Los relatos de los lectores pueden ser editados y dramatizados.

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No aplica (relato de lectora; dramatizado).

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