
Nunca le he contado esto a nadie, ni siquiera a mi hermana, que me lo cuenta todo. Quizás por eso se lo escribo a desconocidos. Hay secretos que solo se sienten a salvo en la oscuridad.
Me fui sola a Mindo ese octubre porque mi vida en Guayaquil se había convertido en una lista de cosas que los demás necesitaban de mí. Quería colibríes, chocolate y una cama sobre la que nadie más tuviera opinión. Reservé dos noches en una cabaña al final de un camino de lodo, con un corredor sobre el bosque nublado y paredes a través de las cuales se oía la lluvia.
Él estaba en la misma caminata de aves de la tarde. Alto, callado, con una cámara pesada y un lente como un telescopio. No habló en todo el recorrido, y eso me gustó. En un momento, un tucán se posó tan cerca que se me escapó un suspiro, y él bajó la cámara, me miró a mí en lugar del pájaro y sonrió como si la especie rara fuera yo. Lo sentí en todo el cuerpo.
La carretera
A las cinco, el cielo tenía color de pizarra mojada. A las seis, el guía hablaba por teléfono con el ceño fruncido. Un deslave había tapado la vía más abajo del pueblo. No había buses de subida ni de bajada, nada hasta la mañana como pronto.

Él pensaba manejar de regreso a Quito esa misma noche. Ahora estaba en la recepción del lodge, chorreando agua, mientras el dueño se disculpaba. Todas las habitaciones estaban ocupadas menos la mía, que tenía dos camas.
Me escuché decirlo antes de haberlo decidido. “En la mía hay una cama de sobra.”
Se dio la vuelta. Ojos oscuros, gotas de lluvia en las pestañas y una mirada que me preguntaba si yo sabía lo que estaba ofreciendo. No bajé la vista. Quería que viera que sí lo sabía.
La regla
Cenamos en el lodge: trucha y un chocolate caliente tan espeso que la cuchara se quedaba parada. La luz parpadeó dos veces. Hablamos de todo menos de nosotros. Cuando empezó a decirme su nombre, le puse los dedos suavemente sobre los labios.
“No”, le dije. “Nada de nombres. Esta noche no.”
Se quedó callado un buen rato. Luego me tomó la muñeca, con delicadeza, y apartó mis dedos de su boca. “¿Y entonces cómo te llamo?”
“De ninguna forma. Solo dime qué me harías.”
Algo le cambió en la cara. “¿Aquí? ¿Ahora?”
“Aquí. Ahora. Pero no puedes tocarme. Todavía no.”
No sé de dónde salió esa mujer. Quizás llevaba años esperando debajo de las listas de pendientes.
La hora más larga
Así que me lo dijo. Al otro lado de esa mesita de madera, con la lluvia golpeando el techo de zinc y la vela haciendo lo que podía, se inclinó hacia mí y me contó en voz baja con qué lentitud se tomaría su tiempo conmigo. Por dónde empezaría. Cuánto me haría esperar. Lo que había notado esa tarde en el sendero: el lodo en mis pantorrillas, cómo me acomodé el pelo detrás de la oreja cuando llegó el tucán, el segundo exacto en que se me cortó la respiración.
“Te estás sonrojando”, me dijo.
“Sigue.”
“¿Quieres que pare?”
“No”, le dije. “Quiero que me hagas pedírtelo.”
La pareja de la mesa de al lado pagó y se fue. El mesero apagó las velas una por una y dejó de mirarnos. Yo ya no notaba nada más que su voz y el calor que me subía por el cuello. Mi rodilla encontró la suya debajo de la mesa, y él no se movió. Solo me miraba, paciente como un hombre con una cámara que espera a que algo raro se pose.
“Pídemelo”, dijo por fin.
Y se lo pedí.
La lluvia
El caminito hasta la cabaña medía diez metros, y llegamos empapados antes de la mitad. En el corredor por fin me tocó: apenas sus nudillos por mi mandíbula, tan leve que no estuve segura de que hubiera pasado. Luego lo hizo otra vez, y ahí sí estuve segura.
“Última oportunidad para decirme tu nombre”, susurró contra mi sien.

“Última oportunidad para dejar de preguntar.”
Se rió bajito, y ahí se acabó la buena educación para los dos.
Después de eso, lo recuerdo como se recuerda una tormenta desde dentro de una casa: a destellos. El farol meciéndose en su gancho. Mi camisa mojada cayendo donde no debía. La segunda cama, que ninguno de los dos llegó a usar. Una lluvia tan fuerte que se tragaba todos los sonidos que yo hacía, y menos mal, porque hice varios. Su voz diciendo mírame, y yo mirándolo. La confianza, y después perder por completo la noción del tiempo.
La mañana
Me desperté al amanecer con un colibrí zumbando en el bebedero junto a la puerta abierta y el ruido lejano de las máquinas que limpiaban la vía. Él ya estaba vestido, sentado al borde de la cama, mirándome como había mirado al tucán.
“Ya abrieron la carretera”, dijo.
“Ya sé.”
Se inclinó y me besó una sola vez, despacio, como el punto final de una frase. Tomó su cámara y, en la puerta, se volvió.
“Nunca me dijiste tu nombre.”
“Ya sé”, le dije, y sonreí. “Por eso te vas a acordar de mí.”
Él tampoco me dijo el suyo. Tomé el bus de la tarde de regreso, por un valle que la lluvia había dejado nuevo. A veces, cuando llueve fuerte en Guayaquil, abro la ventana y dejo que suene.
Los nombres y los detalles que podrían identificar a las personas fueron cambiados. Los relatos de los lectores pueden ser editados y dramatizados.
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Fuentes
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