
La lluvia había vaciado la Calle Larga, y en el bar del hotel solo quedaban el dorado tenue de las lámparas, un piano que nadie tocaba y ella. Había pedido un canelazo que no se tomaba. Sus ojos estaban en el espejo detrás de las botellas, y en el espejo, en él.
Él lo notó como se nota el calor: antes de entenderlo. Una mirada que no se apartó cuando la descubrió. Una mirada que esperaba.
Las reglas de mirar
Ninguno cruzó el salón. Ese era el juego, tácito y acordado al instante. Él pasó una página de un libro que no leía. Ella recorrió el borde de su copa, lento, una sola vez, y levantó la vista solo cuando estuvo segura de que él la miraba. El bartender pulió la misma copa tres veces.

Cada minuto tensaba más el aire. Él se volvió consciente de su propio pulso, del puño de su camisa, del espacio entre su mano y la barra. Ella cruzó las piernas, las descruzó, y sonrió a nada en particular, es decir, a él.
Casi
Cuando por fin se levantó, él pensó que había terminado. Ella pasó a su lado rumbo al patio, tan cerca que él percibió lluvia y jazmín, y dejó una servilleta doblada junto a su copa sin detener el paso.
Decía solo: La habitación 12 tiene balcón. La vista es mejor desde ahí. Solo si quieres.
Se quedó con ella mucho rato, como se sostiene un suspiro, hasta que el piano seguía sin sonar y la decisión ya estaba tomada. Hay invitaciones que no tratan de lo que pasa después. Tratan de ese minuto exquisito y tembloroso en el que puedes elegir.

