Mood Chillin
La revista de estilo de vida para vivir lento y en lo alto

Lluvia sobre el techo en Baños

Baños de Agua Santa de noche, con la cuadrícula de luces encendida en el valle
FOTO: MINISTERIO DE TURISMO ECUADOR / WIKIMEDIA COMMONS (CC BY-SA 2.0), EDITADA

+18 · Solo para adultos.

Lo primero que me llamó la atención de Baños fue el sonido de unos señores golpeando caramelo contra el marco de una puerta.

Había subido desde Guayaquil en el bus de la noche, después de una ruptura que no era tan dramática como para contarla ni tan pequeña como para ignorarla. El plan era simple: alquilar una bici, bajar por la Ruta de las Cascadas hasta el Pailón del Diablo, comer algo frito y dormir doce horas. Volver a sentirme persona.

Cuando llegué, estaba lloviendo. No la lluvia honesta de la Costa, fuerte, que se acaba en veinte minutos. Lluvia de Baños: finita, paciente, eterna. Se quedaba colgada en el aire, como si no tuviera otro lugar adonde ir.

Así que caminé. En la calle cerca de la basílica, un señor con mandil estiraba una soga gruesa de melcocha sobre un gancho de madera clavado en la puerta de su local: la estiraba, la doblaba y la volvía a lanzar contra el gancho con un sonido de palmada mojada. El dulce pasaba de café a dorado mientras él trabajaba. Un grupito miraba, todos medio mojados y medio hipnotizados.

—Lleva treinta años haciéndolo igual —dijo una mujer a mi lado, sin dejar de mirar—. Mi papá me trajo aquí cuando tenía ocho años. El mismo señor. El mismo gancho.

Era quiteña, me contó después. Treinta y tantos, la chompa de lluvia cerrada hasta la barbilla, un rizo oscuro pegado a la mejilla. Había bajado sola por el feriado para “no contestar correos”. Compró una funda de melcocha y me ofreció el primer pedazo antes de probarla ella.

Se me quedó pegada en los dientes unos diez minutos. Ella se rió de mí todo ese rato.

Las piscinas

Esa noche seguía lloviendo, y los dos tuvimos la misma idea: las Piscinas de la Virgen, las viejas piscinas termales al pie de la cascada, en el borde del pueblo. No habíamos quedado en vernos. Pero cuando la vi entrando a la piscina más caliente, con cara de dolor y de risa al mismo tiempo, no lo lamenté para nada.

En un agua así de caliente no se puede ser tímido. La lluvia fría en la cara, el calor hasta el cuello, el ruido blanco de la cascada iluminada detrás: todo eso vuelve honesta a la gente. Hablamos de esas cosas que solo se le cuentan a un desconocido. Su trabajo, en el que era buena y que no amaba. Mi ex, a quien ya no extrañaba, aunque sí extrañaba ser de alguien. Su papá y el señor de la melcocha.

En un momento se hundió hasta que solo le quedaron los ojos fuera del agua y me miró tanto rato que se me olvidó lo que estaba diciendo.

—¿Igual vas a hacer lo de la bici mañana? —me preguntó.

Las piscinas termales de la Virgen al borde de Baños, vistas desde arriba de día
FOTO: MINISTERIO DE TURISMO ECUADOR / WIKIMEDIA COMMONS (CC BY-SA 2.0), EDITADA (licencia)

—Si deja de llover.

—No va a dejar de llover —dijo, completamente segura.

El paseo en bici que no fue

Tenía razón. En la mañana llovía más fuerte, las montañas habían desaparecido por completo y el señor del alquiler de bicis movió la cabeza antes de que yo terminara la pregunta.

—Hoy no, mijo. Puede haber derrumbes. Mañana sí.

Le escribí: No hay Pailón. La montaña está cerrada.

Me respondió con una dirección y una hora. Su hostal, una casa angosta loma arriba con un balcón lleno de geranios mojados. “Hacen buen café”, escribió. “Y tengo una baraja.”

No voy a fingir que no sabía lo que esperaba. Pero también quiero decir esto, porque importa: nada de ese día fue apurado. De verdad jugamos cartas. Ella hacía trampa, muy mal, y después me acusaba a mí de hacer trampa. Nos tomamos tres cafés cada uno. Nos sentamos en el balcón con una cobija sobre las rodillas a ver cómo la cascada del cerro, encima del pueblo, aparecía y desaparecía entre la nube.

El cuarto tenía techo de zinc. Si nunca has estado en un cuarto con techo de zinc durante una lluvia larga, no te imaginas lo fuerte que suena, ni lo privado que te hace sentir. Como si alguien hubiera apagado el resto del mundo.

En algún momento de la tarde, ella dejó sus cartas en la mesa, y yo dejé las mías.

—¿Está bien esto? —le pregunté.

Me sonrió como si fuera una pregunta tonta, y después igual me respondió, clarito:

Una soga de melcocha estirándose en un gancho de madera en la puerta de un local de Baños
FOTO: PEDRO M. MARTÍNEZ CORADA / WIKIMEDIA COMMONS (CC BY-SA 4.0), EDITADA (licencia)

—Sí. Ven acá.

Lo que pasó después queda entre nosotros y la lluvia. Solo diré que fue lento, que nos reímos más de lo que esperaba, que ella me preguntaba qué me gustaba y me decía qué le gustaba a ella, y que en algún momento ninguno de los dos escuchaba nada más que el techo.

El giro

A la mañana siguiente el cielo estaba despejado y azul, y el Tungurahua se levantaba sobre el pueblo como si siempre hubiera estado ahí, que es exactamente lo que había pasado.

Por fin hicimos lo de la bici. Paramos en cada cascada. En el Pailón del Diablo, empapados por el agua en el puente colgante, ella me contó algo.

—Yo tenía pasaje de regreso a Quito ayer en la mañana —dijo—. A las ocho.

—¿Lo cancelaste por la lluvia?

—Lo cancelé —dijo— porque un man de Guayaquil se quedó con la melcocha pegada en los dientes y ni siquiera intentó hacerse el interesante.

Ella regresó a Quito esa tarde. Yo regresé a Guayaquil. Seguimos escribiéndonos. Algunos fines de semana, uno de los dos se sube a un bus.

El mes pasado me mandó una foto de un señor con mandil golpeando caramelo contra el marco de una puerta. Solo decía: El mismo señor. El mismo gancho. Pronóstico de lluvia todo el fin de semana.

Compré el pasaje antes de terminar de leerlo.

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Los nombres y los detalles que podrían identificar a las personas fueron cambiados. Los relatos de los lectores pueden ser editados y dramatizados.

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No aplica (relato de lector; dramatizado).

Foto de portada: FOTO: «Baños de Agua Santa en la noche», DE MINISTERIO DE TURISMO ECUADOR / WIKIMEDIA COMMONS (CC BY-SA 2.0), EDITADA

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